domingo, marzo 27, 2011

Desenredándote

"Te conocí un día de enero, con la luna en mi nariz, como vi que eras sincero, en tus ojos me perdí". 

Era mi primer día de clase y como de costumbre me encontraba subiendo al trote cuatro pisos de escaleras,  lamentando haber fumado ese cigarrillo al salir de mi casa y haberme permitido veinte minutos más de sueño. Finalmente me vi frente a la puerta, tomé una gran bocanada de aire, la expulsé, giré la perilla y entré. Sentí como interrumpía abruptamente el discurso del profesor, así como las miradas de los que ya estaban en los pupitres. Al pasear mi ojos para buscar donde sentarme, te vi, nos vimos. Noté que te gusté, elevaste mi ego y aliviaste mi retraso.

A la semana procuré llegar más temprano y a pesar de eso ya estabas ahí. Me senté en medio de dos compañeros que ya conocía y al darme cuenta que estabas en la parte de atrás, levanté mis cejas a modo de saludo. Fue muy straight de mi parte, lo sé, pero me sentía incómodo en medio de tanto heterosexual rondando. En esos días me agregaste en facebook y sin dudarlo te acepté. No conocía tu voz pero ya me causaba gran interés tu acaramelado color de piel, tu pelo desordenado y ondulado, tus facciones indígenas y tu sonrisa perfecta.

No fui a la tercera clase y en la cuarta no te vi. Pero esa tarde nos encontramos por casualidad esperando a que llegaran nuestros profesores, que tenían clases en salones continuos. Estabas nervioso, evitabas mi miraba, me hacías sonreír, pero no te lo demostraba,  traté de verme indiferente. Sabía que eras amigo de personas que conocía, así que no me preocupó buscar un momento para hablarte, pues sabía que iba a llegar tarde o temprano.

Era el final de la quinta semana y puse en facebook "¿Alguien me puede prestar El Olvido Que Seremos de Hector Abád Faciolince para este fin de semana?". De inmediato pusiste, "yo lo tengo, es mi libro favorito". Era eso lo que necesitábamos para tener nuestra primera conversación por chat, para hablar hasta la madrugada. Dijiste todo lo que habías callado en un mes, y yo no dejaba de sorprenderme por tu confesión. Me alegraste la noche al decirme que tú no tenías esa clase, solo ibas para verme. Me preguntaba: ¿Esto es real? ¿Puede alguien hacer eso por mí? ¿Cómo puede pasar si no hemos hablado antes?

"Usted me gusta mucho... no sé lo que estoy diciendo... mejor me callo... usted me gusta mucho... creo que la estoy embarrando... qué pena con usted". Bien sabes que la risa fue mi más inmediata reacción. La verdad me pareció muy extraño que dijeras todo aquello sin conocerme al menos un poquito aunque tuvieras referentes de mí por lo que otros te pudieron haber dicho. Solo tuve para decirte: calma, tranquilo, veamos qué pasa, que todo fluya, conozcámonos. Esa siempre fue nuestra realidad, tu desbordaba voluntad de entregarte y mi exagerada cautela.

Tres noches después ya caminábamos juntos por las desoladas calles de Bogotá, pretendiendo inútilmente encontrar un sitio abierto en plena ley seca. Llegamos a tu casa, hablamos, callamos, nos besamos, nos desnudamos. Odié no poderme quedar, pero sabes que tenía que madrugar a votar y grabar ese cortometraje que tanto malestar me causó.

Comenzamos una linda complicidad y una apasionada entrega, envueltas en la burbuja de la incertidumbre. Tu honesta disposición hacia mí me encantaba. Nunca antes había sentido de una manera tan genuina, intensa y noble tanto cariño y pasión. Confiaba en ti, no tenia duda de tus sentimientos. Empecé a ver una oportunidad única para amar. Estaba dándome la oportunidad de dejarme llevar, poco a poco, por tu dulzura, tu amor a la literatura y tu anatomía. Pero siempre se hacía evidente que mientas tu querías volar yo apenas estaba aprendiendo a caminar.

Traté de manejar la situación con sensatez, intentando que me entendieras y pidiendo me esperaras, pero te cansaste y con toda razón manifestaste que sentías caminar solo, que no era justo. Fue desilusionante saber que pujábamos dos extremos de una misma cuerda y que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. Me sentía frustrado y me hundí en mi propia decepción. Me recriminé ser tan inepto en el amor y tristemente me resigné a que probablemente nunca sería capaz de amar. Antepuse mis sentimientos a los tuyos y cobardemente me alejé, pues me sentía incapaz de pensar todo aquello y al mismo tiempo mirarte a los ojos.

Volví una o dos semanas después con la vergüenza en el piso y con la pena de no darte a la talla, pero tenía que ser honesto contigo. Esa noche timbré en tu apartamento y recibí la hostil bienvenida de tu roommate. Fui a tu cuarto, dije mis torpes palabras, inútilmente te pedí perdón e impertinentemente te besé. No era correcto hacerlo pero me lo permití. Te dije adiós, me fui.

Un año después estoy aquí, recordando todo aquello y tratando de entender por qué nunca te pude olvidar, por qué te recuerdo como mi mejor historia y por qué no la hemos podido continuar. Suelo ser siempre el cobarde que se va, pero contigo siempre quise volver, lo sabes. Quise empezar de nuevo como siempre te lo dije: tranquilos, sin pretensiones y con la certeza de conocernos el uno al  otro.

Llevo poco más de ocho meses tratando de recuperar tu confianza para estar de nuevo cerca.  Solo pensarte reclinado en mi pecho, consintiendo tu desordenado cabello me hace suspirar, revivir tu ternura me hace sonreír y recordar  tu  apoyo me hace salirte a buscar.

Sin embargo tu incoherencia está acabando con mi cordura, muestras tu voluntad de verme y no contestas. ¡Dices tanto y no haces nada! Ayer usé una camisa roja para darte gusto al vernos y no llegaste. Hoy me bloqueas en facebook otra vez. Mañana, ni sé.

Extraño besarte dulce y apasionadamente, extraño sentir la suavidad de tu piel contra la asperidad de mis manos. Extraño tu tono de voz, extraño tu risa de niño, extraño tu incapacidad para sostener una mirada, extraño dormir desnudo junto a ti. Imaginar deslizar mi mano por tu cuello hasta tu pelo produce en mí no sabes qué. Pero me cansa tratar de entender tus impulsos. Me agota ilusionarme y frustrarme siempre. Ante ello, solo me queda sensatamente, dejarte ir...otra vez.